Sociedad | Sáb. 16 ago '08

Carlos Bustamante: “Tenemos la oportunidad de revertir la fuga de talentos”

"Cuando yo tenía más o menos 10 años, era la época de los Sputnik y los cohetes, y eso me interesó mucho. Con unos amigos del colegio empezamos a hacer lanzamientos de cohetes usando diferentes tipos de combustibles", recuerda Bustamante.

 

 

Autor: José Gabriel Chueca

 

¿Nadie murió?

No. Pero casi incendiamos la casa de un amigo, así que tuvimos que venir a mi casa a trabajar. A los 12 años tuve mi primer juego de química. En esa época leí una biografía de Santiago Ramón y Cajal, el padre de las neurociencias, Nobel de Medicina en 1906, español, y quedé muy impresionado. Después, a los 16 años, mi padre me compró un microscopio. Había convencido a mis padres de que me dieran un cuarto del segundo piso donde tenía mi laboratorio. Estaba muy motivado. Yo comencé a cultivar protozoos y paramecios para observar su comportamiento. Recuerdo que un día puse unos paramecios en el microscopio y los vi explotando.

¿Qué había pasado?
Deduje que un resto de jabón había quedado en el portaobjetos después de lavarlo. Hice un experimento para comprobarlo y concluí que la membrana celular tenía grasa y que esta era disuelta por el jabón. Cuando llegó mi papá, fui muy emocionado a contárselo y me dijo que era el momento de comprar un libro sobre biología celular. Cuando lo leí, encontré que hacía 30 años se sabía esto, con lo cual me sentí muy decepcionado.

Usted estudió en Estados Unidos y, luego, intentó regresar. ¿Por qué?
Después de estudiar en Perú, en el 74, me fui becado a Berkeley, donde hice un doctorado en Biofísica. En el 80 vine a buscar opciones de trabajo. No había muchas. El Perú ya había entrado en la lucha contra Sendero y lo último que necesitaba era un biofísico. En general, todo estaba muy difícil. Mi esposa y yo ya teníamos una bebita y nos regresamos a Estados Unidos en el 81.

¿Se disgustó con el Perú?
Consideré que volver era una obligación. Tenía que, por lo menos, darle una oportunidad a la universidad, al Perú… pero me ofrecieron un sueldo de 85 dólares al mes y no nos iba a permitir vivir. Sentí amargura y pena, y estuve molesto. Cuando nos fuimos, decidí que tenía que cerrar el capítulo Perú. Entre mis amigos peruanos en EE.UU. yo era conocido por mi actitud negativa hacia el país. Mientras ellos tenían la esperanza de regresar o de que se pudiera hacer algo aquí, yo tenía una actitud muy negativa. Era una reacción emocional. Pero es curioso el sello que deja en uno el haber crecido en un país. Con el tiempo fui pensando en tener el Perú en mi casa, en Estados Unidos... En realidad, estaba regresando psicológicamente, pero con otra perspectiva, la de alguien que ya no necesitaba hacer su carrera en el Perú. Y me pasó algo curioso: viví el proceso inverso que había pasado. Me empecé a apasionar por el Perú y comencé a reconocer su increíble riqueza, variedad y creatividad, que son incomparables.

¿Y cómo fue su regreso?
En 2002 recibí una invitación para asistir a un congreso. Yo me había ido en el 85. Después de 17 años, alguien se había enterado de que yo existía y me estaba invitando. Se lo dije a mi esposa, le dije que lo que nunca pensamos que sucedería estaba pasando. Yo estaba conteniendo la respiración. Pero vine, di la charla y una serie de personas vinculadas con el desarrollo de la ciencia se pusieron en contacto conmigo.

Hay muchos científicos peruanos en el extranjero.
Sí. Fue entonces que empezamos a pensar en cómo hacer para que ellos ayudaran desde donde estuvieran. Lo primero fue crear el Instituto Internacional de Investigaciones del Perú, con el cual comenzamos a dar cursos avanzados a nivel de maestría aquí. Pero con un amigo, Marcos Milla, otro científico, pensamos qué más podíamos hacer para romper la inercia hacia la ciencia en el Perú.

No basta dictar cursos para cambiar la tendencia de no invertir en ciencia, de no reconocerla ni siquiera como una fuente de riqueza y progreso.
A él se le ocurrió hacer laboratorios gemelos a los nuestros aquí. Propuse la idea y la Universidad Cayetano Heredia se mostró interesada. Van a poner el local. Ya tengo a dos peruanos entrenándose en mi laboratorio y estamos armando las máquinas.

Describa su trabajo, por favor.
Trabajamos con moléculas individuales en las células. Digamos que tenemos una molécula de ADN, que tiene información que debe ser leída. Imaginemos que es una biblioteca. Ahí está el libro, pero no lo podemos llevar a la casa. Entonces, hay moléculas que caminan sobre el ADN y van leyendo la información y la copian en ARN. Es como la fotocopia que sí nos podemos llevar. Nosotros podemos estudiar ese proceso a nivel de una sola molécula. Podemos ver si la copia sale igual o si se equivoca y sale diferente, y por qué sale diferente.

¿Cómo hacen esto?
Usamos pinzas ópticas: un rayo láser que atrapa las moléculas y cada vez que ellas se mueven generan desviaciones pequeñísimas. Nosotros podemos medir estas desviaciones. Este año publicamos –y salió en la carátula de la revista Nature– nuestro artículo demostrando que podíamos seguir a un solo ribosoma leyendo una molécula de ADN. Hacer un laboratorio como este en el Perú sería la introducción de estas técnicas en Latinoamérica.

Increíble. Lo escuché hablar sobre la fuga de talentos. Dijo que podía verse de otra manera.
(Ríe) Sí. Podemos decir que la fuga de talentos que hemos sufrido en el Perú, de la que tanto nos hemos quejado, no es una batalla perdida. Si el Gobierno decide apoyar la ciencia –como hace Chile, por ejemplo–, puede considerar que tiene un capital humano importante ya enganchado en los más altos niveles científicos del primer mundo. Y ellos, si se trata de un plan bien organizado, estarán dispuestos a ayudar. Podemos hacer de cuenta que todo fue un plan cuidadosamente diseñado para infiltrarnos para, décadas después, traer lo más avanzado al Perú. Pero podemos también ignorar esta oportunidad y, entonces, realmente, perder la batalla.