No. Pero casi incendiamos la casa de un
amigo, así que tuvimos que venir a mi casa a trabajar. A los
12 años tuve mi primer juego de química. En esa época leí
una biografía de Santiago Ramón y Cajal, el padre de las
neurociencias, Nobel de Medicina en 1906, español, y quedé
muy impresionado. Después, a los 16 años, mi padre me compró
un microscopio. Había convencido a mis padres de que me
dieran un cuarto del segundo piso donde tenía mi laboratorio.
Estaba muy motivado. Yo comencé a cultivar protozoos y
paramecios para observar su comportamiento. Recuerdo que un día
puse unos paramecios en el microscopio y los vi explotando.
¿Qué había pasado?
Deduje que un resto de jabón había quedado en el
portaobjetos después de lavarlo. Hice un experimento para
comprobarlo y concluí que la membrana celular tenía grasa y
que esta era disuelta por el jabón. Cuando llegó mi papá,
fui muy emocionado a contárselo y me dijo que era el momento
de comprar un libro sobre biología celular. Cuando lo leí,
encontré que hacía 30 años se sabía esto, con lo cual me
sentí muy decepcionado.
Usted estudió en Estados Unidos y, luego, intentó regresar.
¿Por qué?
Después de estudiar en Perú, en el 74, me fui becado a
Berkeley, donde hice un doctorado en Biofísica. En el 80 vine
a buscar opciones de trabajo. No había muchas. El Perú ya
había entrado en la lucha contra Sendero y lo último que
necesitaba era un biofísico. En general, todo estaba muy difícil.
Mi esposa y yo ya teníamos una bebita y nos regresamos a
Estados Unidos en el 81.
¿Se disgustó con el Perú?
Consideré que volver era una obligación. Tenía que, por lo
menos, darle una oportunidad a la universidad, al Perú…
pero me ofrecieron un sueldo de 85 dólares al mes y no nos
iba a permitir vivir. Sentí amargura y pena, y estuve molesto.
Cuando nos fuimos, decidí que tenía que cerrar el capítulo
Perú. Entre mis amigos peruanos en EE.UU. yo era conocido por
mi actitud negativa hacia el país. Mientras ellos tenían la
esperanza de regresar o de que se pudiera hacer algo aquí, yo
tenía una actitud muy negativa. Era una reacción emocional.
Pero es curioso el sello que deja en uno el haber crecido en
un país. Con el tiempo fui pensando en tener el Perú en mi
casa, en Estados Unidos... En realidad, estaba regresando
psicológicamente, pero con otra perspectiva, la de alguien
que ya no necesitaba hacer su carrera en el Perú. Y me pasó
algo curioso: viví el proceso inverso que había pasado. Me
empecé a apasionar por el Perú y comencé a reconocer su
increíble riqueza, variedad y creatividad, que son
incomparables.
¿Y cómo fue su regreso?
En 2002 recibí una invitación para asistir a un congreso. Yo
me había ido en el 85. Después de 17 años, alguien se había
enterado de que yo existía y me estaba invitando. Se lo dije
a mi esposa, le dije que lo que nunca pensamos que sucedería
estaba pasando. Yo estaba conteniendo la respiración. Pero
vine, di la charla y una serie de personas vinculadas con el
desarrollo de la ciencia se pusieron en contacto conmigo.
Hay muchos científicos peruanos en el extranjero.
Sí. Fue entonces que empezamos a pensar en cómo hacer para
que ellos ayudaran desde donde estuvieran. Lo primero fue
crear el Instituto Internacional de Investigaciones del Perú,
con el cual comenzamos a dar cursos avanzados a nivel de
maestría aquí. Pero con un amigo, Marcos Milla, otro científico,
pensamos qué más podíamos hacer para romper la inercia
hacia la ciencia en el Perú.
No basta dictar cursos para cambiar la tendencia de no
invertir en ciencia, de no reconocerla ni siquiera como una
fuente de riqueza y progreso.
A él se le ocurrió hacer laboratorios gemelos a los nuestros
aquí. Propuse la idea y la Universidad Cayetano Heredia se
mostró interesada. Van a poner el local. Ya tengo a dos
peruanos entrenándose en mi laboratorio y estamos armando las
máquinas.
Describa su trabajo, por favor.
Trabajamos con moléculas individuales en las células.
Digamos que tenemos una molécula de ADN, que tiene información
que debe ser leída. Imaginemos que es una biblioteca. Ahí
está el libro, pero no lo podemos llevar a la casa. Entonces,
hay moléculas que caminan sobre el ADN y van leyendo la
información y la copian en ARN. Es como la fotocopia que sí
nos podemos llevar. Nosotros podemos estudiar ese proceso a
nivel de una sola molécula. Podemos ver si la copia sale
igual o si se equivoca y sale diferente, y por qué sale
diferente.
¿Cómo hacen esto?
Usamos pinzas ópticas: un rayo láser que atrapa las moléculas
y cada vez que ellas se mueven generan desviaciones pequeñísimas.
Nosotros podemos medir estas desviaciones. Este año
publicamos –y salió en la carátula de la revista Nature–
nuestro artículo demostrando que podíamos seguir a un solo
ribosoma leyendo una molécula de ADN. Hacer un laboratorio
como este en el Perú sería la introducción de estas técnicas
en Latinoamérica.
Increíble. Lo escuché hablar sobre la fuga de talentos. Dijo
que podía verse de otra manera.
(Ríe) Sí. Podemos decir que la fuga de talentos que hemos
sufrido en el Perú, de la que tanto nos hemos quejado, no es
una batalla perdida. Si el Gobierno decide apoyar la ciencia
–como hace Chile, por ejemplo–, puede considerar que tiene
un capital humano importante ya enganchado en los más altos
niveles científicos del primer mundo. Y ellos, si se trata de
un plan bien organizado, estarán dispuestos a ayudar. Podemos
hacer de cuenta que todo fue un plan cuidadosamente diseñado
para infiltrarnos para, décadas después, traer lo más
avanzado al Perú. Pero podemos también ignorar esta
oportunidad y, entonces, realmente, perder la batalla.


